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"A alegría é a melhor coisa que existe, é melhor ser alegre que estar triste"


"Se diría que la trayectoria de esta escritora es una progresiva indagación, reflexión y documentación del complejo universo de la pareja inmerso en sus circunstancias particulares..."

"Hace años que Pilar Nasarre viene aplicando su fino bisturí literario a la pareja..."Un inteligente artículo sobre Los Hijos de la Luna: "Crónica de un amor adulto". Publicado por Jacobo de Arce, Jefe de Cultura, en el recién salido número de junio de la revista Marie Claire.

"El amor no es lo mismo que el desamor o la incomprensión, pero a veces se le parece. En ocasiones, la línea en un matrimonio es tan frágil que cualquier mínimo paso en cualquier dirección parece imposible de dar, camino de la condena más absoluta..."Una reseña de la última novela de Pilar Nasarre, Los Hijos de la Luna.

Regresa una vez más a la novela Pilar Nasarre (Huesca, 1956) desde que hace más de veinte años publicara su primer libro 'Al otro lado' (1990). 'Los hijos de la luna' es su sexta novela. Pilar Nasarre cuenta con un público paciente y fiel que acude a cada una de las citas, aunque pasen cinco o siete años entre un título y otro. Que la espera merece la pena es evidente. "La palabra es como una forma de supervivencia" decía la autora en una entrevista. Y cabe pensar, en efecto, que la escritura es para ella un combate sin cuartel entre la fe y el escepticismo, una trinchera de palabras remansadas contra el vuelo de los días o el apagamiento de las pasiones. Un intento de regreso, en definitiva, a ella misma.
Profesora de historia, estudiosa de la filosofía, Pilar Nasarre parece escribir de modo decidido contra la nada y el olvido, contra esa injusticia metafísica que resulta ser el desvanecimiento de los sueños. Suele acudir a personajes que por su condición de artistas o intelectuales pueden aportar una mirada particularmente reflexiva a lo de cada día.
En 'Los hijos de la luna', se trata de una pareja que roza la cincuentena, Elena galerista y escenógrafa, y Jesús, científico volcado en el estudio del código genético y altamente preocupado por el uso poco escrupuloso o interesado de los nuevos descubrimientos. En tercera persona, la autora alterna los momentos de introspección cuidadosa en una y en otro, de modo que las habilidades emocionales de ella, pero también su fragilidad o sus inseguridades contrastan con la determinación racional que trata de imprimir él a todos sus actos, ya sea la recuperación de la historia de su abuelo, fusilado en la guerra, como una garantía de autenticidad, la idea del cumplimiento del deber como sentido máximo de la vida o su manifiesta torpeza para avivar el fuego del amor.
Los fantasmas de ambos, las más íntimas obsesiones, los inconfesados fracasos, se traslucen de manera poderosa en su propia relación, que acusa el desgaste de los años, pero también en la convivencia con los hijos a quienes difícilmente pueden evitarles sus personales dosis de desengaño. El propio escenario, la Barcelona actual, contagia también a los personajes sus retos y vicisitudes. Así, una historia que en buena parte de la novela parecía menor, la de una familia de emigrantes cubanos que trata de instalarse en la ciudad, se transforma en última instancia en el empeño que redime, siquiera por un tiempo, a los protagonistas, ya un tanto desalentados en el consabido paisaje de su vida. Ahí encuentran la fe que necesitaban, un renovado afán de vivir.
Al convertir en propios los anhelos y desdichas de la familia cubana, vuelven a reconocerse en quienes habían sido. Y algo semejante puede sucederle sin duda al lector atento.
"Por supuesto, no es el caso presentar argumentos a favor o en contra de mantener las corridas de toros, como suele decirse: quienes tienen que justificar la insólita medida son los que han decidido prohibirlas parlamentariamente. Hay gente a la que le gustan los toros y otros muchos que no han pisado una plaza en su vida o que sienten repugnancia por la fiesta: es la diversidad de los hijos de Dios. Pero que un Parlamento prohíba una costumbre arraigada, una industria, una forma de vida popular... es algo que necesita una argumentación muy concluyente. La que hemos oído hasta la fecha dista mucho de serlo.
¿Es papel de un Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus ciudadanos?
¿Son las corridas una forma de maltrato animal? A los animales domésticos se les maltrata cuando no se les trata de manera acorde con el fin para el que fueron criados. No es maltrato obtener huevos de las gallinas, jamones del cerdo, velocidad del caballo o bravura del toro. Todos esos animales y tantos otros no son fruto de la mera evolución sino del designio humano (precisamente estudiar la cría de animales domésticos inspiró a Darwin El origen de las especies). Lo que en la naturaleza es resultado de tanteos azarosos combinados con circunstancias ambientales, en los animales que viven en simbiosis con el hombre es logro de un proyecto más o menos definido. Tratar bien a un toro de lidia consiste precisamente en lidiarlo. No hace falta insistir en que, comparada con la existencia de muchos animales de nuestras granjas o nuestros laboratorios, la vida de los toros es principesca. Y su muerte luchando en la plaza no desmiente ese privilegio, lo mismo que seguimos considerando en conjunto afortunado a un millonario que tras sesenta o setenta años a cuerpo de rey pasa su último mes padeciendo en la UCI.
¿Son inmorales las corridas de toros? Dejemos de lado esa sandez de que el aficionado disfruta con la crueldad y el sufrimiento que ve en la plaza: si lo que quisiera era ver sufrir, le bastaría con pasearse por el matadero municipal. Puede que haya muchos que no encuentren simbolismo ni arte en las corridas, pero no tienen derecho a establecer que nadie sano de espíritu puede verlos allí. La sensibilidad o el gusto estético (esa "estética de la generosidad" de la que hablaba Nietzsche) deben regular nuestra relación compasiva con los animales, pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay derechos "animales"), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Precisamente la ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racional en el mundo de las necesidades y los instintos. No creo que cambiar esta tradición occidental, que va de Aristóteles a Kant, por un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño María suponga progreso en ningún sentido respetable del término ni mucho menos que constituya una obligación cívica.
¿Es papel de un Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus ciudadanos, por ejemplo diciéndoles cómo deben vestirse para ser "dignos" y "dignas" o a que espectáculos no deber ir para ser compasivos como es debido? ¿Debe un Parlamento laico, no teocrático, establecer la norma ética general obligatoria o más bien debe institucionalizar un marco legal para que convivan diversas morales y cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera? A mí esta prohibición de los toros en Cataluña me recuerda tantas otras recomendaciones o prohibiciones semejantes del Estatut, cuya característica legal más notable es un intervencionismo realmente maníaco en los aspectos triviales o privados de la vida de los ciudadanos.
En cambio no estoy de acuerdo en que se trate de una toma de postura antiespañola. No señor, todo lo contrario. El Parlamento de Cataluña prohíbe los toros pero de paso reinventa el Santo Oficio, con lo cual se mantiene dentro de la tradición de la España más castiza y ortodoxa".
"Potser sigui un sentiment compartit pels humans el sentir-te orgullós del teu país. En el meu cas, he de reconèixer que algunes vegades m'he sentit orgullós de ser català; de la mateixa manera, suposo, que s'hi pot sentir un andalús, un murcià o un aranès. Però avui me'n sento menys que mai. I això que m'ho demanen una munió de presidents i institucions del meu país! Dec tenir buit el dipòsit de l'empatia social. Potser els molts anys d'il·lusions -millor seria dir fantasies- polítiques col·lectives i col·lectivistes, me l'han assecada. Sigui com sigui, la veritat és que ara no trobo motius per sentir-me orgullós d'aquest país. Puc sentir-me orgullós d'una classe política que vol aconseguir els seus objectius fent trampa? O és que no ha estat un parany el forçar unilateralment la modificació del pacte constitucional del 1978, que tant va costar aconseguir? Puc sentir-me orgullós que les institucions que em representen com a ciutadà de Catalunya no assumeixin la seva responsabilitat en el trencament constitucional que representa l'Estatut i que l'atribueixin sistemàticament a un imaginari feixisme espanyol? Vostès no ho sé, però jo no puc".

Empecé a trabajar sin la mediación de mi padre.
Fui a Londres y volví. Encontré a mi padre
más callado que nunca, más
enmudecido y más mutante,
avergonzado
de envejecer, de haber envejecido.
Esperaba en la puerta
del Hotel Alhambra: le había
caído encima una sombra, igual que cambia
la luz de un día espléndido por un
movimiento invisible de una nube
casi invisible, aunque la nube
desaparece y vuelve el esplendor, y la sombra
de encima de mi padre no se iba.
-No queda en ti nada de ti -me dijo.

"Barcelona parece cada vez más un decorado de Barcelona (...). Entre su arsenal de mitos, tres han abastecido a la ciudad hasta el empacho. Todos ellos convenientemente alentados desde las instituciones (…): la Barcelona resistente, (…) la ciudad rebelde, [y] (…) el más importante, la identidad (…). Los tres mitos se sellan debidamente con una operación de fondo: la reescritura de la historia (…).A propósito de otra exposición de autobombo municipal, Felix Ovejero –profesor de economía, ética y ciencias sociales en la Universidad de Barcelona– ha escrito un gran artículo, demoledor, sobre la nueva Barcelona cosmética y de cartón piedra de 2010, digno heredero de aquel ya famoso Titanic, de Félix de Azúa, de 1982.



"Ambiguas justicias, vírgenes sutilmente impúdicas, odaliscas despeluzadas, inquietantes dominadoras, hadas rubicundas, ofrendas flagelables, andróginas figuras, veladas damas en desnudo esplendor, clásicas esculturas de corazón animado, varones finalmente sometidos, revolucionarias del arte y de las últimas batallas así como de orgasmos solitarios o compartidos con fríos metales..."Son algunos de los Deseos Ocultos de Rafael Roa, madrileño desde 1955, fotógrafo desde 1986 y últimamente videoartista.


"Entre tanta escoria de toro, hubo uno, el primero, que llegó a provocar la hilaridad general por su miedo escénico desde que salió al ruedo. Bueno, más que salir, pareció que lo empujaron. Y se afligió al ver a tanta gente junta, pendiente de sus movimientos. Se negaba a obedecer a los capotes, topaba antes que embestir y, sobre todo, corrió como un descosido por toda la plaza huyendo de su propia sombra. No es que fuera manso; es que era un buey feo y de cara acochinada, atenazado por un miedo natural e irrefrenable. Como si no fuera hijo de su padre; es decir, de un bravo semental, sino de algún amor furtivo de vaca alegre en noche de luna llena. Era ver a un torero cerca y salía disparado en sentido contrario. Llegó a parapetarse en las puertas de los chiqueros y miraba a todos como suplicando que se las abrieran para volver a los corrales. Picadores y banderilleros dedicaron su tarea a perseguir al cobarde y no consiguieron más que un desorden general porque el animalito no fue capaz de superar su fallo genético. Pero, sin atisbo de broma, así está el toro de hoy: en lugar de perseguir huye como un conejo asustado hacia la madriguera..."



"Fue el viaje del silencio, sin una palabra en alta voz, sin gritos de niños, sin pasajeros por los pasillos; ni una broma, ni un comentario. Un viaje en el que las miradas expresaban temor, angustia, incertidumbre. Los medios españoles no paraban de vomitar noticias alarmantes sobre la extensión de la nueva gripe. Los pasajeros estaban preocupados por sus familiares en México, padres, hijos, hermanos. Ante el riesgo de suspensión de vuelos y quedarse aislados en Europa, acortaron su estancia y tomaron el primer avión disponible... (+)"